El coche como vestuario: mi rutina de maquillaje y cambios entre casting y casting
Photo: Shixart1985, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
Hay una foto que me encanta de mi carrera y no es de un desfile ni de una campaña. Es una que me hizo mi hermana hace tres años: yo, sentada en el asiento del copiloto, con una pierna en el salpicadero, cambiándome de zapatos mientras me echo rímel. De fondo, el ruido de la M-30 y un casting al que llegaba con veinte minutos de retraso. Esa foto es la más honesta de este oficio.
Porque nadie publica lo que pasa entre sitio y sitio. Y lo que pasa ahí, queridos lectores, es mucho más de lo que se imagina.
El copiloto es mi camerino (y lo llevo organizado como tal)
Al principio era el caos total: barras de labios rodando bajo el asiento, una zapatilla perdida en el maletero y aquella vez que me puse una blusa al revés frente al espejo del baño de una agencia. Hasta que un día decidí tratar el coche como lo que es: mi segundo vestuario.
Ahora funciona por zonas. La guantera es maquillaje de retoques. La bolsa de tela que cuelga del respaldo del asiento es ropa de cambio, doblada y por outfits. Y una caja de plástico con tapa, que compré en un chino por menos de cinco euros, guarda lo técnico: horquillas, imperdibles, una plancha de pelo pequeña, tijeras y un costurero de viaje.
Suena a obsesión, pero te juro que es lo contrario: es tranquilidad. Cuando todo tiene sitio, el tráfico de las nueve de la mañana deja de ser una amenaza y se convierte en tiempo.
Mi lista de imprescindibles de guantera
Me la han pedido un montón de veces en Instagram, así que aquí va, sin filtros:
- Un neceser vertical que cabe en la puerta del copiloto. Vertical, importante. Los horizontales son una trampa.
- Desmaquillante en toallitas y crema de manos. El aire acondicionado del coche es peor para la piel que un plató con focos.
- Barras de labios en dos tonos: uno neutro para castings y uno vivo para si me llaman para algo improvisado.
- Una camisa blanca de hombre, talla grande. Se pone sobre cualquier look, arregla un outfit y sirve hasta de bata si tengo que cambiarme a lo bruto.
- Zapatillas planas y tacones bajos en una bolsa aparte. Los pies me lo agradecen entre la tercera y la cuarta parada.
- Botella de agua, frutos secos y una barrita. Llegar a un casting con hambre se nota en la cara, lo digo por experiencia.
- Cargador con triple cable. No negociable.
Los cambios exprés: técnica y cero vergüenza
Aprendí a cambiarme en el coche a la manera española: con ingenio y sin mirar demasiado a los lados. El truco está en la preparación. Nada de prendas complicadas con mil botones; para los días de varios sitios, elijo ropa que entre y salga por la cabeza o con cremallera. Un vestido suelto encima de un top y un pantalón fino es mi combinación estrella: parezco arreglada siempre y en realidad estoy en modo camaleón.
El asiento de atrás es mi aliado: me meto entre los dos asientos delanteros y en noventa segundos, cambio hecho. Si el aparcamiento es muy céntrico y me da cosa, busco un parking de los de siempre, planta superior, esquina tranquila. Los parkings son los vestuarios públicos más infravalorados de este país.
Rastrillos de última hora: donde este método brilla
La anécdota que más me repiten es de hace dos primaveras. Estaba en un café de Malasaña cuando me escriben a las 11:20: sesión de fotos a las 12:30, estilo 'romántico con sombrero'. Yo llevaba vaqueros, una camiseta negra y cero sombreros.
¿Qué hice? Me bebí el café en dos sorbos, pasé por el rastrillo de la plaza de las raras de turno —bueno, por un mercadillo que había esa mañana en la plaza del Dos de Mayo— y por ocho euros me llevé un sombrero de paja, un pañuelo estampado y un collar enorme. Cambio en el coche, retoque de labios en la guantera y llegué a las 12:29 con un look que la estilista me preguntó si me lo había llevado de casa. Sí. De casa. Del asiento de atrás.
Desde entonces llevo también, en la caja de plástico, una bolsa de tela vacía por si el día me regala un hallazgo de esos.
Por qué esto me dio libertad de verdad
Al principio me daba un poco de vergüenza contar que me maquillo en un semáforo. Ahora lo veo como una de las habilidades más prácticas que he desarrollado. Dominar el 'entre sitio y sitio' significa que ningún cambio de planes me descoloca, que puedo decir sí a cosas de última hora y que llego a casa a la hora de cenar en vez de a la de la madrugada.
Además, hay algo casi meditativo en esa rutina. El coche es el único sitio donde nadie me pide nada durante veinte minutos. Me pongo la lista de reproducción, retoco el maquillaje con la luz del espejo enganchado a la visera y respiro. Entre casting y casting, entre evento y evento, ese trocito de asfalto es mío.
Así que la próxima vez que me veáis llegar impecable a algún sitio, ya sabéis: no es magia. Es una guantera bien pensada, una camisa blanca de hombre y ocho años de práctica cambiándome a la velocidad de la luz. Si me ves en un semáforo con una pierna en el salpicadero, pita y saluda. Seguramente llevo prisa, pero siempre con estilo.