Lo que no se publica: tres colaboraciones con marcas que me salieron del revés
En este oficio se celebra el lanzamiento, el reel que funciona, la campaña con presupuesto. Lo que no se cuenta es lo otro: las colaboraciones que se caen, las marcas que desaparecen cuando toca pagar, los acuerdos de palabra que se esfuman. Llevo años en esto y he acumulado suficientes cicatrices como para escribir este artículo sin que me tiemble el pulso. Los nombres no van, pero los ejemplos son reales.
Caso 1: la marca que quería «visibilidad» a cambio de todo
Era una marca de cosmética pequeña, con muy buen producto, de las que te ilusionan. Me propusieron una campaña de contenido para sus redes: tres vídeos, fotos de producto y, según ellas, «visibilidad mutua». Sin cifra económica concreta, ojo.
Hice el trabajo. Bueno, muy bueno. Publicaron, les funcionó, vendieron. Y cuando llegó el momento de hablar de dinero, la respuesta fue que «la colaboración ya había sido el intercambio». Que la visibilidad era el pago.
La lección: la palabra «colaboración» no es una divisa. Si no hay cifra por escrito antes de entregar el primer archivo, no hay acuerdo, hay expectativa. Hoy tengo un principio innegociable: nada de entregas antes de contrato firmado, aunque sea un email de dos líneas con el alcance y el precio. Un email bien escrito vale más que diez conversaciones de voz.
Caso 2: el acuerdo verbal que se deshizo como un azucarillo
Una marca de moda me pidió por teléfono una campaña de temporada. Quedamos en un número, en fechas, en exclusividad. Todo por llamada, todo muy «confiamos en ti». Firmé la exclusividad con otra marca menos, por si acaso, y cancelé dos proyectos para cumplir los plazos.
Tres semanas después: «la dirección ha cambiado, el nuevo equipo no lo ve». Ni compensación por cancelación, ni disculpa, ni respuesta a los mensajes posteriores. El silencio como política de empresa.
La lección: los acuerdos verbales solo valen hasta que hay un cambio de humo en la sala de al lado. Y por eso ahora todo acuerdo incluye una cláusula de cancelación: si la marca cancela a menos de X días, paga un porcentaje del total. No es desconfianza, es profesionalidad. Ninguna agencia se lo tomaría a mal si se lo pidieras tú a ellas; de hecho, lo hacen siempre en sentido contrario.
Caso 3: la campaña que funcionó y aun así salió mal
Este es el más doloroso porque el trabajo fue un éxito. Contenidos para el lanzamiento de una app, métricas espectaculares, la mejor tasa de conversión de su historia según me dijeron. El problema fue el contrato: me pagaron un fee fijo bajo «porque la marca es startup» y el acuerdo incluía uso perpetuo de mi imagen y mi contenido en publicidad pagada. Para siempre. Por el precio de un par de días de trabajo.
La lección: el uso de imagen se cobra aparte, y se cobra por alcance y por tiempo. Un contenido orgánico no vale lo mismo que ese mismo vídeo como anuncio con 50.000 euros de inversión en medios. Hoy desgloso siempre: fee de creación, fee de publicación, licencia de uso con plazo y canales definidos. Si no saben lo que es una licencia, contratan a alguien que se lo explique antes que a mí.
Cuándo decir adiós (y no mirar atrás)
Hay una pregunta que me hago antes de aceptar cualquier repetición con una marca: ¿me han pagado a tiempo la última vez? Si la respuesta es no, no importa cuánto insistan ni cuántos seguidores les supuestamente aportaré. Una relación profesional sin respeto por el dinero y el tiempo del otro no se arregla con un buen brief.
Y una última cosa, porque sé que más de una creadora está leyendo esto con la sartén por el mango y la factura pendiente: hablar de esto no es airear suciedad, es construir sector. Cuanto más normalicemos contratos, cifras y condiciones por escrito, más difícil lo tendrán los que juegan con el silencio. Publicad lo bueno, sí. Pero contad también lo otro.