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Creatividad

La bolsa de espera: mi truco para que los huecos del día dejen de ser enemigos

Ana Buitrago
La bolsa de espera: mi truco para que los huecos del día dejen de ser enemigos

Photo: Peter van der Sluijs, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Hay una frase que me repetía mi madre cuando era pequeña y me quejaba de que llegáramos tarde al médico: 'el que espera, desespera'. Pues mira, mamá, treinta años después he aprendido a desesperarme un poco menos. Y no porque espere menos, que es lo gracioso: trabajo en una industria donde la mitad de la vida transcurre sentada en un sillón de vinilo con la luz de un estudio de grabación dando en la cara.

El sillón de vinilo como oficina

Si me hubieran dicho hace cinco años que iba a escribir la mitad de mis ideas de contenido en la sala de espera de un casting en Almagro, me habría reído. Pero es que el trabajo de creadora es básicamente esto: un 20% de acción y un 80% de tránsito. Tránsito al plató, tránsito al aeropuerto, tránsito a la agencia, tránsito entre un ensayo y una llamada.

Durante años viví esos huecos como una pequeña derrota. 'Qué fastidio, llevo aquí cuarenta minutos y no he hecho nada'. Y lo peor es que 'nada' significaba estar mirando el móvil sin rumbo, que es lo único que se me ocurría hacer con las prisas y la ansiedad de sentir que debía estar en otro sitio. Estaba físicamente en una sala de espera y mentalmente en una lista infinita de tareas.

El punto de inflexión llegó con un vuelo a Palma retrasado cuatro horas. Cuatro horas. Paseé por el terminal como un alma en pena hasta que, agotada de quejarme, me senté y saqué el cuaderno. Escribí tres ideas de vídeos, respondí dos correos que llevaban semanas apagafoneros y terminé de leer un capítulo de un libro que tenía a medias desde enero. Salí de Barajas con la sensación rarísima de haber tenido una tarde productiva... dentro de un retraso.

Qué llevo en la bolsa de espera

De ahí nació lo que llamo mi 'bolsa de espera'. No es magia, es logística básica que se me resistió demasiado tiempo. Es una mochila pequeña que ya no desmonto, con cuatro cosas:

Descanso activo, no productividad permanente

Ahora bien, quiero matizar una cosa, porque me da un poco de miedo contribuir a la cultura de que hay que exprimir cada segundo. Hay días en que la bolsa de espera se queda en el suelo, cerrada, y yo simplemente miro a la gente. Y eso también cuenta. A veces.

Lo que he desterrado es la culpa bidireccional: la culpa de no hacer nada y la culpa de no descansar. Si un día me apetece anotar ideas mientras espero a que me maquillen, perfecto. Si otro día prefiero escuchar una playlist entera y ver cómo llueve sobre la Castellana desde la ventana de un estudio, también perfecto. La regla que me he dado es solo una: no mirar el móvil sin intención. O lo uso para algo concreto o lo dejo en el bolso.

Porque la espera, cuando la miras bien, es de los pocos ratos del día en que nadie te pide nada. Ni el algoritmo, ni el grupo de WhatsApp, ni la agenda. Un hueco sin dueño. Y los huecos sin dueño, para alguien que vive de crear, son minas: es cuando se te ocurre la idea que no llegaba en la ducha, el giro que le faltaba a ese guion, el nombre que le pondrás al proyecto que aún no existe.

Empieza pequeño

Si quieres probarlo, no hace falta que montes ningún ritual elaborado. La próxima vez que esperes algo —el médico, un tren de Cercanías, a una amiga que siempre llega tarde— deja el móvil en el bolsillo cinco minutos y observa qué te apetece hacer de verdad. A veces será anotar algo. Otras, contestar ese correo. Y otras, sencillamente, aburrirte un rato, que según los sabios es de donde salen las mejores ideas.

Yo solo puedo contaros lo que me pasó a mí: que dejé de pelearme con los huecos y empezaron a trabajar para mí. Que la espera siga desesperando a mi madre es otra historia.

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