Las mañanas de luz: por qué acepto castings a las 8 de la mañana y me han cambiado la vida
Photo: Dietmar Rabich, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Os lo confieso sin vergüenza: durante años, la frase «cita a las 7:45 en estudio» era motivo suficiente para rechazar un trabajo. No exagero. Recuerdo haber dejado pasar una campaña interesante porque el casting era a primera hora y a mí me parecía, literalmente, una falta de respeto. Yo era de las que se acostaban a las dos de la mañana y consideraban que mi cerebro no arrancaba antes de las diez.
Luego pasó algo curioso. Un trabajo que no pude rechazar —fechas cerradas, nadie negociaba nada— me obligó a levantarme a las cinco y media durante una semana entera. Y aquella semana me rompió un mito que yo misma me había contado: el de que no era «de mañanas».
La ciudad a las siete es de otra persona
Lo primero que descubrí fue que Madrid a las siete de la mañana no es la misma ciudad. Cuando salí de casa aquel primer día, con la bolsa de maquillaje a cuestas y malhumor de pago, me encontré con una ciudad en silencio, con la Gran Vía casi vacía, con panaderías sacando las primeras bandejas y con esa luz gris-azulada que los fotógrafos persiguen como quien persigue un unicornio.
La luz del amanecer es distinta. No hay discusión posible. Es suave, no proyecta sombras duras en la cara, y hace que hasta yo —con mis ojeras de verdad, sin retocar— salga bien en las fotos. Un fotógrafo me lo explicó una vez: «La mañana no perdona igual que el mediodía». Desde entonces lo tengo comprobado empíricamente.
Pero más allá de la técnica, está lo que ocurre en la cabeza. Caminar por una ciudad dormida hacia un trabajo que te espera es un lujo que de noche no existe. Las ideas llegan solas. He escrito en el móvil, en el autobús, esperando en un semáforo, más frases útiles que en semanas de sentarme delante del portador de obligaciones (el ordenador).
Mi rutina real antes de una sesión temprana
Nada épico, os lo prometo. Es más bien un ritual de supervivencia que he ido puliendo con los años:
- La noche anterior mando todo a la basura mental. Preparo la ropa, la bolsa, el agua y las notas del casting. Cero decisiones matutinas. Si tengo que pensar a las seis de la mañana, pienso mal.
- Cena ligera y sin pantallas una hora antes. Suena a tópico de revista, pero es la diferencia entre despertar como una persona o como un zombie con alergia.
- Me levanto con la luz, no con sustos. Una lámpara de amanecer barata me cambió los inviernos. Encender la luz del techo a oscuras es una agresión; que la habitación se ilumine poco a poco es otra cosa.
- Desayuno de verdad, no de supervivencia. Nada de solo café. Huevos, fruta, algo con proteína. El café llega después, en el estudio, más como ritual social que como necesidad.
- Llego quince minutos antes, no para quedar bien, sino para respirar. Entrar corriendo y con sudores a un casting es la peor carta de presentación que existe.
El tema del café (y de los engaños)
Un apunte importante: durante un tiempo creí que la solución era más café. Tercera taza, cuarta taza. Error. A media mañana estaba con el corazón acelerado y las manos temblando, que frente a una cámara no es exactamente la actitud que buscas. Ahora me limito a dos cafés, y el segundo va después de la sesión, como premio. Té verde si necesito un empujón intermedio, y agua sin parar. La hidratación, oigan, es el truco menos sexy y más efectivo del mundo.
Negociar con el cansancio, no declararle la guerra
Lo que más he aprendido no es un truco de maquillaje ni un horario: es una postura mental. Durante años traté el cansancio como un enemigo al que vencer con fuerza de voluntad y cafeína. Ahora lo trato como un socio con el que negociar.
Si me toca madrugar, esa noche me acuesto temprano sin drama ni culpa. Si al día siguiente no tengo nada, me permito una siesta de veinte minutos sin sentir que estoy perdiendo el tiempo. He dejado de intentar tener la misma energía a las seis de la tarde que a las ocho de la mañana; simplemente reorganizo el día. Las tareas que exigen creatividad las pongo temprano, que es cuando estoy fresca. El papeleo y los emails, cuando ya estoy frita.
¿Y sabéis qué? Las mañanas de luz se han convertido en mis favoritas. Vuelvo a casa a mediodía con el trabajo hecho y una sensación de día ganado que no cambio por nada. La persona que antes rechazaba un casting por ser a las ocho no se reconocería.
Así que si alguien os propone una sesión temprana y vuestro primer instinto es el pánico, quizá merece la pena decir que sí una vez. Peor escenario: os apetece dormir en el metro de vuelta. Mejor escenario: descubrís una luz, una ciudad y una versión de vosotras que no sabíais que existían.