El puñado de fichas que me dieron mis primeros contratos: por qué sigo imprimiendo mi portfolio en papel
Photo: John Castro, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay una foto que mi madre guarda como si fuera un relicario: yo, con diecinueve años, recién salida de mi primer casting en Madrid, sosteniendo una ficha impresa con mi nombre mal escrito a bolígrafo en la esquina. Parece una tontería. Aquella pitte mal escrita me dio mi primer contrato serio.
Hoy, cuando le cuento esto a creadoras que empiezan, me miran como si les hablara del fax. Pero tengo treinta y tantas, sigo imprimiendo, y no lo voy a dejar. Os cuento por qué.
Qué es exactamente una ficha (y qué lleva la mía)
Para quien no lo sepa: una ficha de modelo —la pitte de toda la vida— es un cartón o lámina impresa con una selección de fotos, tus medidas, tu contacto y, si quieres, algo que te distinga. Es tu tarjeta de presentación en formato físico. La mía actual es A5, con una imagen principal a página completa, tres fotos pequeñas de distintas luces, y al dorso mis datos y una frase corta que me define.
Esa frase es importante. En mi caso dice algo así como «creadora de contenido y modelo, especializada en estilo y vida». No es un eslogan de agencia: son las palabras que yo elegiría si tuviera que describirme en un ascensor.
La anécdota que me convirtió en creyente
Volviendo a aquella primera ficha. Había ido a un casting donde no conocía a nadie, con el móvil a punto de morirse y el wifi del local hecho un desastre. La productora quería verme el book y no había forma de cargar nada. Saqué del bolso las tres fichas que me habían impreso esa semana en una copistería de Malasaña por menos de lo que cuesta un café con media tostada.
La directora de casting las pasó por la mano, las apoyó en la mesa junto a las de otras veinte chicas y, según me contó después, a la hora de decidir, las fichas físicas eran las que seguían delante de ella. Los links de Instagram se pierden en el historial. El papel se queda en la mesa.
Aquello me marcó. Entendí que lo tangible tiene un efecto que el scroll no reproduce.
Lo que dicen los agentes cuando tocan tu material
He hablado de esto con agentes y productores de Madrid, Barcelona y Sevilla, y las respuestas coinciden más de lo que esperaba:
- Se recuerda lo que se toca. Al final de una mañana de castings, sobre la mesa quedan cuatro fichas y cuarenta perfiles vistos en un móvil. Adivinad cuáles se enseñan al cliente.
- El papel demuestra criterio. Elegir qué fotos imprimir, cuidar el gramaje del papel, la tipografía, el orden… todo eso comunica que sabes editar tu propio trabajo. Es curación en el sentido bueno.
- Es un favor para el que decide. Suena absurdo, pero un director de producción no va a hacer capturas de tu perfil para enseñárselas a un cliente. Si le das algo que puede coger y llevar a la reunión, te estás haciendo la vida fácil a su yo futuro.
Ninguno me dijo que la ficha sustituye al book digital. Al contrario: es la puerta, no la casa.
Mi kit analógico de casting (por si quieres copiarlo)
Esto es lo que llevo siempre encima, haya casting o no, porque los encuentros profesionales no avisan:
- Cinco fichas impresas, actualizadas cada seis meses. Si cambian mis medidas o mi look, se renuevan. Una ficha caducada es peor que ninguna.
- Una mini-porfolio de ocho páginas, tamaño A5, grapada. Solo para ocasiones: cuesta más, impresiona más.
- Un QR pegado en la contraportada que lleva a mi web. Lo analógico y lo digital no son enemigos: el papel abre la conversación y el QR la continúa.
- Un bolígrafo que funcione. Parece una obviedad. No lo es. He visto cerrarse oportunidades por no tener con qué escribir un teléfono.
Todo cabe en un sobre de papel kraft dentro del bolso. Pesa menos que una barra de labios.
Lo analógico como acto de branding (no de rebeldía)
No imprimo por romanticismo ni para ir contra la corriente. Lo hago porque en un mercado donde todas estamos en las mismas plataformas, la diferencia está en los detalles que nadie más está haciendo. Cuando una marca recibe cien propuestas por correo electrónico y una sola por correo postal —el de verdad—, ¿cuál creéis que recuerda?
Y hay algo más íntimo: imprimir te obliga a decidir. En digital, subimos todo y luego filtramos. En papel, cada foto tiene que ganarse su sitio. Ese ejercicio de selección me ha hecho mejor creadora también online, porque me ha enseñado a eliminar sin piedad.
Para empezar esta semana
Si os apetece probar, no hace falta gran cosa:
- Elegid cinco fotos vuestras que digan cosas distintas (luz dura, luz suave, cuerpo, rostro, una en movimiento).
- Id a una imprenta de barrio —yo prefiero las de barrio a las online, te aconsejan y puedes tocar papeles— y pedid muestras de gramaje.
- Imprimid diez fichas. Costará menos que una cena.
- Llevadlas. Todas. Siempre.
Aquella primera ficha con mi nombre mal escrito sigue en un cajón de mi estudio. Cada vez que dudo de si esto de crear contenido tiene sentido, la miro y me acuerdo: a veces lo que abre la puerta no es el algoritmo. Es un trozo de papel con tu cara, en las manos de la persona adecuada, en el momento justo.
Y eso, queridas, no se puede scrollear.