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Creatividad

«¿Esa foto no te enseña demasiado?» Mi madre, mis redes y la charla que nos faltaba

Ana Buitrago
«¿Esa foto no te enseña demasiado?» Mi madre, mis redes y la charla que nos faltaba

Photo: Noelia Yulisa Perez Cayo, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Hay una persona que ve mis fotos antes que nadie y con más lupa que cualquier haters de internet: mi madre. Le mando el enlace de una campaña y su respuesta no es «qué guapa», sino «¿no tendrías puesto algo más discreto?». Durante años lo tomé como un ataque personal. Ahora, después de una charla que me tocó dar yo, entiendo que era otra cosa.

La crítica que no pedí

Cuando empecé a trabajar como creadora, mi madre entendió el tema de las fotos con ropa. Lo que no entendía era la posesión. «¿Y eso quién lo puede ver?», me preguntaba cada vez que colgaba un retrato de medio cuerpo con un escote normal de invierno. Su tono no era de escándalo, era de preocupación, como si cada publicación fuera una puerta abierta de par en par.

Yo respondía como responden las hijas: con ironía y puertas cerradas. «Mamá, es mi trabajo». Y ella, con ese silencio suyo que pesa más que un sermón.

El día que invertí la entrevista

Hago entrevistas por trabajo, así que un día decidí usar mis propias herramientas en casa. Le preparé un té, saqué el móvil para grabar (con su permiso, cosa rara en mí) y le pregunté: «¿Qué ves cuando miras mis fotos?».

Se quedó pensando más de lo que esperaba. Y lo primero que dijo no fue nada sobre mí: fue sobre ella. «A mí a tu edad me habrían matado por publicar eso. Primero me habrían matado en casa y luego en la calle».

Ahí entendí que su crítica no era sobre mi cuerpo. Era sobre un cuerpo vigilado, el suyo, el que aprendió a cubrir antes de aprender a mirarse.

La generación del «¿qué pensarán?»

Mi madre creció en una España donde la mirada ajena era una institución con más autoridad que cualquier libro de estilo. La vecina, la tía, la del mercado: todas tenían voto sobre lo que se te podía ver. Y lo que se veía, se comentaba.

«Nosotras nos tapábamos en la playa con toalla hasta el último momento», me contaba riéndose, pero sin risa del todo. «Tu abuela me decía que una foto sonriente con blusa sin mangas daba qué hablar».

De pronto, sus comentarios sobre mis fotos dejaron de sonar a control y empezaron a sonar a lo que eran: un manual de supervivencia desactualizado que ella seguía aplicando por costumbre.

Cuando su crítica se volvía mi crítica

Aquí viene la parte incómoda. Durante años, cada «¿no te enseñas mucho?» se me quedó dentro, y yo misma me empecé a autocensurar. Rechazaba sesiones por pensar en su cara. Recortaba fotos que me encantaban. Su voz y la mía se habían mezclado en un mismo altavoz.

Si te ha pasado algo parecido, sabes que no se arregla con una conversación. Pero se empieza con una.

Lo que le dije y lo que me dijo

Le expliqué, sin grabación de por medio, que mi cuerpo en una foto no es una provocación ni una invitación: es un cuerpo trabajando, como el de un bailarín o un albañil. Que lo que yo publico es mío, y que su miedo, aunque venga del amor, no iba a vestirme a mí.

Ella me miró, removió el té y soltó la frase que me guardo como un trofeo: «Yo no te critico a ti, hija. Critico lo que a mí me hicieron. No sé soltarlo del todo».

Reconciliar la autoestima propia con la opinión de la familia no es ganar una guerra: es entender que el otro dispara desde una trinchera que no eligió.

Lo que hemos ganado desde entonces

Ahora mi madre comenta mis fotos. No siempre como yo quiero, ojo, pero a veces me escribe un «qué natural sales» que vale más que mil likes. Y yo he aprendido a escucharla sin obedecerla, que es un arte que no se enseña en ninguna escuela.

Si tu madre (o tu padre, o tu tía) ve grasas donde tú ves creatividad, quizá no necesiten que les ganes. Quizá solo necesiten que les preguntes de dónde viene esa mirada. En mi caso, la respuesta cambió las dos.

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