La vecina del tercero opinaba y yo posaba igual: crónica de una despedida al qué dirán
Photo: Tuxyso, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons
Había una ventana en el salón de casa, la que daba al patio de vecinos, donde yo montaba mis primeros mini-sets de fotos. Luz de las seis, una silla prestada y mi hermano disparando con el móvil. Lo que yo veía era un estudio improvisado; lo que veía mi madre desde el pasillo era a su hija con un vestido de Zara posando como si estuviera en la Portada de Vogue ante la mirada de toda la comunidad de propietarios.
«Que te ve la vecina del tercero», me decía, medio en broma, medio no. Y durante años, esa frase me hizo encoger los hombros delante de la cámara sin saber por qué.
El peso invisible de las miradas ajenas
Cuando trabajas exponiendo tu imagen, la opinión de los demás no es un comentario suelto: es un ruido de fondo constante. La tía que pregunta en la comida de Nochebuena «¿y eso es un trabajo de verdad?». La antigua compañera de clase que ve tus fotos y comenta «qué bien te va, ¿eh, con lo tímida que eras». El vecino que en el ascensor suelta, con la mejor de las sonrisas: «yo es que no entiendo esas poses».
Nadie te dice nada directamente grave. Es más sutil. Es una gota a gota que, con el tiempo, hace que dudes de ti antes de haber empezado. Yo llegué a rechazar una sesión porque me daba vergüenza que me vieran pasar por la calle con un maquillaje más elaborado de lo habitual. Casi río ahora, pero entonces no tenía nada de gracioso.
La anécdota que me curó (a medias)
El punto de inflexión llegó con una foto concreta. Un editorial para una marca pequeña, vestido de vuelo, yo saltando en una plaza de barrio a las siete de la mañana. Al día siguiente, una vecina le dijo a mi madre: «no sé cómo lo permite, la gente pensará lo que quiera».
Mi madre, para su honor, le contestó: «pensará que trabaja, como usted». Y ahí, sin saberlo, me regaló la frase que uso desde entonces: la vergüenza ajena es de quien la siente. Si a alguien le incomoda lo que hago con mi cuerpo y mi imagen, esa incomodidad le pertenece. Es suya. Yo no tengo que cargar con ella.
No es que a partir de ese día me diera igual todo. Ojalá. Pero entendí que hay dos tipos de opiniones: las que vienen de quien te quiere y te conoce, y las que vienen de quien solo te ve de pasada. Las primeras merecen escucha; las segundas, como mucho, un saludo educado.
Límites con elegancia: mi pequeña guía
Con los años he ido afinando cómo poner límites sin convertir cada cena familiar en un debate. Esto es lo que me funciona:
- Agradece y redirige. «Gracias por el interés, ¿y tú cómo va con las oposiciones?» Cambiar de tema con una sonrisa es más eficaz que cualquier disculpa.
- No justifiques lo que no necesita justificación. Mi trabajo es mi trabajo. Explicar por qué elijo cada foto es dar por válida la crítica.
- Ten una frase preparada. La mía: «Entiendo que no sea lo tuyo, a mí me llena». Corta, amable, no da pie.
- Distingue entre crítica y curiosidad. A veces la gente pregunta por ignorancia, no por maldad. A esa se le puede contar un poco más.
- Y cuando alguien se pasa tres veces de la raya, ese tema deja de existir en su presencia. Sin drama, sin discurso.
Mi madre y la ventana, hoy
Lo mejor de todo es el final del círculo: mi madre ahora me ayuda a buscar localizaciones. La misma que me veía posar con vergüenza encubierta me dijo el mes pasado «por esa esquina da luz buenísima, hija».
El qué dirán no desapareció. Sigue ahí, en el ascensor, en la mesa camilla, en los comentarios de siempre. Pero dejó de dictar mis decisiones. Poso igual, quizá con más luz que antes. Y si la vecina del tercero opina, espero que al menos reconozca que el vestido le sentaba bien.