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Cocinar con las manos, no con el móvil: las recetas que mi abuela me dictó sin papel

Ana Buitrago
Cocinar con las manos, no con el móvil: las recetas que mi abuela me dictó sin papel

Photo: abuela española cocinando en cocina tradicional con nieta, via s1.elespanol.com

Hay una frase que repito mucho cuando alguien me pregunta cómo desconecto: «me voy a la cocina de mi madre». Pero la verdad es que la cocina que de verdad me cura no es la de mi madre, sino la que mi abuela convirtió en aula durante años. Una cocina pequeña, en un piso de barrio, con la ventana empañada y la radio de fondo dándole a las noticias mientras ella me explicaba, sin decirme que me lo estaba explicando, cómo se hace un buen sofrito.

Mi abuela nunca midió nada. «Echa hasta que suene», me decía, refiriéndose al aceite en la sartén. Y yo, que ahora vivo de imágenes medidas al milímetro, de encuadres y de píxeles, encontré en esa imprecisión una libertad que no sabía que me faltaba.

El método abuela: sin báscula y sin prisa

Lo primero que hay que entender es que las recetas de mi abuela no venían en un libro, venían en conversación. Cocinaba hablando. Me contaba cómo conoció a mi abuelo mientras batía las claras, y quizá por eso yo aprendí que la memoria y la comida van de la mano. Hoy, cuando cocino algo suyo, no me viene solo el sabor: me viene la anécdota entera.

Con los años he intentado poner por escrito lo que ella llevaba en las manos. No es lo mismo, pero es mi manera de que no se pierda. Aquí van tres recetas que heredé junto a su pañuelo, literalmente, porque lo heredé también a él y me lo pongo para cocinar, aunque mis seguidores no lo entiendan en las stories.

Lentejas de las de antes

Ingredientes (para cuatro personas): 400 g de lentejas pardinas, una cebolla, dos dientes de ajo, un pimiento verde, una zanahoria, una patata, una cucharadita de pimentón dulce, una hoja de laurel, aceite de oliva virgen extra y sal. Si hay, un trozo de chorizo para quien quiera «alegrarlas», como decía ella.

Paso a paso:

  1. Pon las lentejas en remojo la noche anterior, aunque las pardinas casi no lo necesitan. Ella lo hacía «por costumbre y por cariño».
  2. En una olla, sofríe la cebolla, el ajo y el pimiento a fuego medio-bajo. Sin prisa. Este es el paso que casi todo el mundo se salta y el que lo cambia todo: diez minutos mínimo.
  3. Añade la zanahoria y la patata en trozos, remueve un minuto y agrega el pimentón fuera del fuego para que no se queme.
  4. Cubre con agua fría, dos dedos por encima, añade el laurel y deja que hierva suave unos 40 minutos. La regla de mi abuela: «las lentejas están cuando ya no quieres esperar más, pero aguantas cinco minutos».

Tortilla «a lo Carmela»

La llamábamos así por su nombre, porque mi abuela sostiene —con razón— que cada tortilla de casa tiene firma. La suya llevaba la cebolla pochada hasta casi confitar, cosa que en mi familia provocaba discusiones con la rama bilbaína, que la prefería sin cebolla.

El truco: huevos a temperatura ambiente, cebolla pochada veinte minutos a fuego bajísimo, y el punto clave: dejar reposar la mezcla diez minutos antes de cuajar. «La tortilla también descansa», decía. Cuéjala a fuego fuerte dos minutos por cara y dale la vuelta con un plato grande y decisión. La primera vez se romperá. La segunda también. A la décima ya tienes firma propia.

Leche frita para los domidos tristes

Este postre era su medicina. Mal día, visita inesperada, examen suspendido: leche frita.

  1. Calienta medio litro de leche con corteza de limón y rama de canela.
  2. En un cazo aparte, mezcla 50 g de maicena, 80 g de azúcar y una yema. Añade la leche caliente poco a poco, removiendo sin parar.
  3. Vuelve al fuego hasta que espese (unos cinco minutos removiendo con energía, aquí sí que vale el gym).
  4. Extiende en una fuente, deja enfriar, corta en rectángulos, pásalos por huevo y pan rallado, y fríelos hasta que estén dorados. Espolvorea azúcar con canela al salir.

Lo que de verdad heredé

Con las redes, mi vida es una cuenta atrás de tendencias: lo que está en boga hoy, mañana ya no vale. La cocina de mi abuela es todo lo contrario: no caduca, no pide likes, no se mide. Cuando estoy removiendo una olla, no pienso en métricas ni en el próximo casting. Pienso en su voz diciéndome «echa hasta que suene».

Ahora, cuando puedo, cocino con mi madre los domingos y le repito a ella las frases que a mí me dijeron. Y me he dado cuenta de que eso también es creatividad: la más antigua, la que no necesita cámara. Si alguna vez me preguntáis cuál es mi ritual de desconexión, ya lo sabéis: un delantal, un pañuelo heredado y una olla que no tiene prisa.

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