Cuando la cara no sale: cómo sobrevivir (y disfrutar) una sesión de fotos que empieza fatal
Photo: Martin Falbisoner, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay una escena que os sonará si alguna vez habéis hecho fotos: llevas veinte minutos delante de la cámara, llevas otros veinte mirando el resultado y todo lo que ves te hace querer borrar la tarjeta de memoria. La cara no te sale, la luz no acompaña, el fotógrafo suspira y tú ya estás mentalmente buscando excusas para irte. Pues bien, después de años de sesiones buenísimas y sesiones desastrosas, he aprendido que casi ninguna sesión muere: a veces solo está mal diagnosticada.
Antes de la cámara: el 80% del trabajo se juega aquí
La mayoría de sesiones que acaban mal no fallan en el momento de la foto, sino antes. Yo ahora siempre, siempre, mando un documento breve (una página, ni más ni menos) con tres cosas: el objetivo del contenido, referencias visuales concretas (ni cien imágenes de Pinterest, con tres valen) y qué tono busco, en palabras, no solo en fotos. Si es para una marca, lo comparto también con la marca. Parece obvio, pero os prometo que la mitad de los desastres que he vivido venían de no haber hablado lo básico.
Y un detalle que cambia todo: preguntar al fotógrafo cómo trabaja él. Hay quien dispara en ráfaga y hay quien construye cada plano. Ambos enfoques son válidos, pero tú necesitas saber en cuál estás entrando para no frustrarte.
Cuando la cara no conecta con la cámara
A mí me pasa más de lo que parece en las fotos. Hay días en los que la sonrisa se me queda congelada y los ojos se me van a otro planeta. Lo que me funciona:
Movimiento antes que pose. Caminar, girar, reírme de algo que dice el fotógrafo, arreglarme el pelo sin darme cuenta. Las mejores imágenes casi nunca salen de una pose estática, salen del instante entre dos poses.
Decirlo en voz alta. Si llevo diez minutos sin gustarme una sola foto, lo digo: "oye, creo que no estamos dando con mi lado bueno hoy, ¿vamos a por otro plano?". Un buen fotógrafo no se lo toma como un ataque, se lo toma como información. Y si se lo toma mal, apunta, porque eso ya te dice algo sobre si quieres volver a trabajar con esa persona.
Cambiar el escenario, no la actitud. A veces no es que tú estés mal, es que el encuadre no te favorece o la luz te aplasta. Pedir cambiar de fondo, de altura de cámara o de óptica no es ser pesada, es colaborar.
El bloque incómodo: cuando el fotógrafo no habla
Existen sesiones en las que la única comunicación es el clic de la cámara y un "vale" seco. Y ahí cualquiera se encoge. Mi regla: yo pongo el ambiente. Llevo música (preguntando antes si le molesta), cuento anécdotas, pregunto por su trabajo. Si después de media hora sigue el silencio monacal, toca una conversación directa y amable: "necesito un poco de feedback para saber si voy bien". La mayoría de las veces, la persona estaba concentrada, no enfadada. Y si el problema es de verdad la actitud, ya sabes para la próxima: no la hay.
Elegir colaboraciones que sumen (y descartar las que restan)
No todas las colaboraciones merecen tu tiempo, aunque el presupuesto sea cero. Yo me hago tres preguntas antes de decir que sí: ¿el estilo de esta persona complementa el mío o lo choca?, ¿me va a enseñar algo o simplemente a cobrar?, ¿después de esta sesión tendré material que quiero usar? Si dos respuestas son negativas, paso. He aprendido que una colaboración mala cuesta más de lo que ahorra: te quita energía, te baja la autoestima delante de la cámara y te puede dejar un portfolio con imágenes que no representan lo que haces.
Y al revés: cuando alguien te hace quedar genial en fotos sin que tengas que pedirlo, di su nombre, recomiéndalo, repite con esa persona. Las buenas parejas creativas son oro y hay que cuidarlas.
Sin equipo caro también se puede
Muchos me preguntáis cómo crear contenido profesional sin invertir una fortuna. Mi respuesta honesta: lo que más se nota en una foto no es la cámara, es la luz y la dirección. Una ventana grande a media mañana, una pared lisa, ropa planchada y una idea clara detrás de cada imagen valen más que cualquier equipo. Si no tenéis fotógrafo, un trípode, el temporizador y mucha paciencia también funcionan; yo empecé así y hay fotos de esa época que siguen siendo de mis favoritas.
Al final, posar es un diálogo. A veces el diálogo fluye y a veces hay que negociarlo, pero casi nunca hay que cancelarlo. La próxima vez que una sesión empiece fatal, respirad: probablemente a tres ajustes de distancia esté la foto buena.