Diez años de garabatos: la libreta que ha visto nacer todos mis proyectos
Photo: open worn notebook with handwritten notes and sketches on wooden desk, warm light, coffee cup, via img.freepik.com
Hay un cuaderno en mi mesa de trabajo que ya no se atreve nadie a tirar. Es de tapas blandas, color azul desgastado, con la esquina de abajo doblada para siempre y una mancha de café en la página treinta y pico que tiene su propia historia. Lo empecé en 2015, en una cafetería de Malasaña, después de un casting que salió regular y una conversación que me hizo pensar demasiado.
Desde entonces, esa libreta ha estado en mi bolso, en mi maleta de rodaje, en la guantera del coche y en la arena de la playa de Bolonia (con resultados salpicados, aviso). Y hoy quiero hablaros de ella, porque creo que el simple gesto de escribir a mano es lo que más ha influido en mi creatividad en toda mi carrera.
Lo que hay dentro (spoiler: puro caos)
Si esperáis un archivo ordenado y bonito, os vais a llevar una decepción. Dentro hay de todo:
- Garabatos de poses que vi a alguien hacer en el metro y no quería olvidar.
- Frases sueltas tipo «luz de las 19:00 en patio andaluz, probar».
- Números de teléfono de gente que ya ni recuerdo quién era.
- Un boceto de un vestido blanco con bolsillos gigantes que, tres años después, una diseñadora de Valencia convirtió en pieza real para una campaña.
- Listas de la compra mezcladas con moodboards mentales.
Y ahí está la gracia: el caos funciona. Una idea anotada no sabe todavía lo que va a ser cuando crezca. Mi trabajo es solo no perderla por el camino.
Por qué no uso una app (probé, os lo juro)
No soy ninguna talibana del papel. Tengo notas en el móvil como todo el mundo, y las uso para cosas prácticas: la talla de mis zapatos, el wifi de la agencia, la receta de la tortilla de mi tía.
Pero para las ideas grandes, el móvil me falla. Y creo que sé por qué:
Primero, porque escribir a mano es lento. Y esa lentitud me obliga a resumir, a quedarme con la esencia. Cuando tecleo, escribo mucho y pienso poco. Cuando escribo a mano, la frase tiene que valer la pena.
Segundo, porque la pantalla viene con tentaciones. Abro la nota para apuntar una idea de rodaje y, sin darme cuenta, llevo diez minutos mirando stories. Con el papel, no hay nada que mirar salvo el papel.
Y tercero, porque se acuerda mi mano. Hay estudios que hablan de esto y yo lo vivo: las ideas que apunto a mano las recuerdo. Las que tecleo, se me evaporan.
El día que una libreta me dio un trabajo
Os cuento un caso concreto porque los ejemplos venden mejor que las teorías. Hace unos cuatro años apunté en esta misma libreta: «campaña de todo lo que heredamos: la bata de la madre, el anillo de la abuela, los discos del padre». Sin contexto, sin más.
Meses después, una marca de moda sostenible buscaba un concepto de campaña sobre prendas con historia. Abrí la libreta, leí mi nota de dos líneas y supe que esa idea ya estaba esperando. Preparé la propuesta en dos días y salió adelante. La campaña se rodó en Ourense, en una casa familiar, con ropa real de familias reales.
Aquella nota no valía nada cuando la escribí. Valió mucho cuando la necesité. Esa es la magia del archivo personal: no predice cuándo vas a necesitar cada pieza, pero te asegura que siga ahí.
Cómo montar tu propio archivo de ideas
Si os apetece empezar (y os animo, cuesta menos de tres euros), esto es lo que yo haría hoy si empezara de cero:
1. Una sola libreta y a la vez. Nada de tener cinco cuadernos a medias. Uno, que viva donde tú vives. Yo tengo uno grande en casa y uno de bolsillo para el bolso, y cada pocas semanas paso las notas de uno a otro.
2. Fecha todo. En serio, aunque parezca innecesario. Cuando relees un garabato de 2019, saber cuándo lo escribiste te cuenta media historia.
3. No edites mientras escribes. La libreta no es el trabajo final, es la cantera. Ahí no hay ideas malas, hay ideas sin desarrollar. El filtro llega después, cuando relees.
4. Relee en voz alta. Una vez al mes, más o menos, cojo la libreta y la leo con calma, cafetera en mano. Siempre encuentro algo que me sorprende, y a veces algo que me hace pensar: «¿y esto por qué no lo he hecho todavía?».
5. Numera las libretas. La mía actual es la número doce. Cada una tiene su época, sus colores, sus preocupaciones. Es como un diario involuntario de mi carrera.
Lo que me lleva la libreta que no me lleva el móvil
Más allá de lo práctico, hay algo que no sé explicar del todo: cuando abro ese cuaderno azul, veo diez años de mi vida creativa. Veo la noche que me mudé a Madrid, el verano que dudé de todo, el día que apunté «y si lo hacemos a mano, sin cámaras, solo fotos con móvil» y de ahí salió una de mis colaboraciones favoritas.
Un archivo digital es útil. Una libreta es memoria con textura. Y en un oficio como el mío, donde todo parece efímero —la foto, la campaña, la tendencia de la semana—, tener algo físico que acumula mis ideas como un frasco acumula recortes me da una calma rara de explicar.
Así que ahí lo dejo. Si tenéis una libreta olvidada en un cajón, rescatadla. Si nunca habéis tenido una, os espera en cualquier papelería de barrio. Apuntad la próxima idea que os cruce por la cabeza, aunque os parezca tonta.
Las ideas tontas de hoy son las campañas de dentro de tres años. Mi libreta me lo confirma cada vez que la abro.