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Del pazo al corral: las casas con alma donde ruedo mejor que en cualquier plató

Ana Buitrago
Del pazo al corral: las casas con alma donde ruedo mejor que en cualquier plató

Photo: rustic Spanish village house interior natural light film location, via i.pinimg.com

Hay una frase que repito cada vez que una marca me propone rodar en un plató de alquiler con pared gris y luz de nevera: «Yo no trabajo en sitios sin memoria». Suena a capricho de artista, lo sé. Pero llevo años comprobando que las casas que alquilo para mis sesiones —esas con desconchones honestos y cortinas heredadas— hacen un trabajo que ni el mejor equipo de iluminación consigue.

El pazo que olía a castañas

La primera localización que de verdad me marcó fue un pazo en las Rías Baixas, alquilado por un precio absurdo a una familia que lo tenía entre medias de dos herencias. La señora que me abrió me dio una advertencia: «La luz de la galería solo es buena a partir de las cuatro». Y tenía toda la razón. A partir de las cuatro, la galería acristalada se convertía en una caja de plata, y las fotos que salieron de esa semana siguen siendo de las que más me piden ver en casting.

Rodar en un sitio así cambia el trabajo. No decides tú cómo se ve la imagen del todo; negocias con la casa. El suelo de madera cruje y no puedes mover el trípode en silencio, así que aprendes a planificar el plano antes de pisar. La humedad gallega te obliga a llevar dos vestuarios de repuesto. Todo suma fricción, y la fricción, curiosamente, es la que te saca las mejores ideas.

El corral andaluz donde el silencio no existía

Al año siguiente alquilé un corral de vecinos en un pueblo de la provincia de Córdoba por tres días. Mi plan era minimalista: paredes encaladas, una silla, luz dura. Lo que no planifiqué fue la vecina de al lado, que se puso a cocinar a las diez de la mañana con la radio a todo volumen y el corazón en la mano.

Al principio me desesperé. Al segundo día, rendida, dejé de luchar: hicimos las tomas hablando con ella, probando su gazpacho entre plano y plano, y salieron las imágenes más vivas de todo el proyecto. En un plató nadie te cuenta la vida mientras te maquillan. En un corral de Andalucía, te sobra familia improvisada.

Cómo elijo una casa con alma

Después de años de esta peregrinación, tengo una lista mental que comparto con cada equipo:

Lo que no se ve en la foto

Hay otra razón por la que sigo huyendo de los platós genéricos: la gente. Cuando trabajo en una casa de verdad, los vecinos se asoman, la dueña trae algo de merendar, y el equipo baja la guardia. Las fotos salen más relajadas porque el día lo es. He rodado en locales de ciudades también —un taller de un luthier en Lavapiés, una antigua lechería en Gràcia que ahora es estudio— y la clave siempre es la misma: que el sitio haya vivido algo antes que yo.

No digo que los platós no sirvan. Para ciertas campañas, con plazos ajustados y necesidades técnicas concretas, son el camino más sensato. Pero si el proyecto permite elegir, mi consejo es que busques una casa con historia en vez de una pared neutra. Que te equivoques con carácter. Que la localización te imponga condiciones y tú aprendas de ellas.

La semana que viene vuelvo a Galicia, a otra casa distinta pero con la misma promesa: paredes que saben más que yo de luz. Y mientras suba la maleta por esas escaleras imposibles con la caja de material al hombro, pensaré lo mismo que siempre: qué suerte, poder trabajar en sitios que recuerdan a otras personas. Eso, ni el plató más caro te lo da.

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